Bióloga Meimalín Moreno: Comuna venezolana debe pensar la relación con el agua

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    Bióloga Meimalín Moreno: Comuna venezolana debe pensar la relación con el agua

    Caracas, 8 de septiembre de 2026.- Uno de los principales desafíos para la Comuna venezolana es el autoconocimiento territorial, entendido no solo como conocer el propio espacio, sino también su área de influencia. Así insistió la investigadora Meimalín Moreno, en conversa con la periodista y moderadora del programa “En clave comunal”, Nerliny Carucí.

    Señaló que los mapeos comunitarios son herramientas clave para identificar qué fuentes de agua, infraestructuras y dinámicas ambientales rodean a cada comunidad.

    La bióloga destacó que, al planificar, las comunidades deben comprender que el agua que reciben no se produce en su propio territorio. “La lluvia que cae sobre mi territorio no se produce sobre mi territorio, es agua que se evaporó en otro lugar. Entonces cabe preguntarnos: ¿De dónde viene nuestra lluvia? ¿De dónde viene la lluvia que yo planeo cosechar?”, planteó.

    Redefinir la relación con el agua

    “Tenemos que redefinir nuestra relación con el agua: comprenderla como un bien esencial para la vida y reconocerla como una entidad de la cual somos parte y que, al mismo tiempo, forma parte de nosotros”. Así lo planteó Meimalín Moreno, bióloga venezolana con un diplomado avanzado en Gestión Ambiental Responsable.

    Moreno ha centrado sus estudios en la comprensión de los múltiples roles del agua y en la resiliencia de los sistemas socioecológicos frente al contexto de crisis ambiental global que atraviesa la humanidad.

    La investigadora señaló que, aunque el agua no puede fabricarse, sí puede adquirir identidad según la relación que establezca la comunidad con ella. Esa identidad, añadió, se moldea según la conciencia sobre su disponibilidad y las consecuencias de su uso: “Si utilizamos el agua sin conciencia, la identidad que le vamos a dar al agua es de un recurso escaso”.

    Indicó que la gestión comunitaria debe comenzar por (re)definir esa relación entre la comunidad y el vital líquido “más allá de la cantidad de agua que utilizamos o cómo la utilizamos”.

    Subrayó que la identidad del agua se construye en la interacción entre las personas y el territorio. “Podemos ir moldeando según nuestra relación entre nosotros, como comunidad, y entre la comunidad y esa entidad que es el agua”, afirmó.

    Derecho al agua y respeto a la madre tierra

    Moreno aseveró que el derecho al agua y el respeto a la madre tierra no son categorías separadas, sino dimensiones vinculadas. “Son dos caras de la misma moneda, porque tenemos derecho al agua potable, pero el agua potable ha existido desde antes de que existiera la humanidad”, aseveró.

    Recordó que la cantidad de agua en el planeta no ha cambiado desde su formación. “Desde ese primer momento hasta el día de hoy tenemos la misma cantidad de agua en el planeta”, remarcó.

    Recalcó que el problema no es la cantidad, sino las alteraciones provocadas por el sistema dominante. Moreno aseguró que este ha modificado los ciclos naturales del agua, afectando su disponibilidad y calidad, por lo que hizo hincapié en repensar la relación entre derecho, uso y respeto ecológico.

    Meimalín Moreno explicó que la crisis hídrica actual está relacionada con la forma en que la modernidad desvirtuó la relación que los pueblos originarios mantenían con el agua. “Desde mucho antes de la modernidad, los pueblos originarios desarrollaban tecnologías [no destructivas] para poder tener agua en sus asentamientos”, recordó.

    La bióloga destacó que la fractura ocurre cuando la modernidad impone un modelo basado en el consumo infinito y la separación de la humanidad de la naturaleza no humana. “Es un modelo destructivo de la vida”, advirtió.

    Destacó que los pueblos originarios concebían al ser humano y a la naturaleza no humana como una unidad. “El modelo dominante rompe con esa unidad y plantea que la humanidad es superior a la naturaleza [no humana] y que ella está para servirnos. Y, además, con una visión de que los ‘recursos’ planetarios son infinitos, de que nunca se van a agotar”, expuso.

    Energía, distancia y fuentes de agua

    Meimalín Moreno, especialista del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), manifestó que es fundamental comprender la relación entre distancia, energía y acceso al agua en las ciudades. “Mientras más alejados estamos de las fuentes de agua, se necesita más energía para que el agua llegue a nuestras casas. Una muestra tangible son los edificios; si la bomba del edificio está fallando, no va a llegar el agua hasta el último piso. A veces hay conflictos dentro de un edificio porque en los pisos bajos reciben más agua que en los pisos altos”, ilustró.

    La bióloga indicó que esta lógica opera también a escala urbana. “Eso mismo sucede para una ciudad cuando la fuente principal de agua está muy alejada de esta. Por ejemplo, si la principal fuente de agua es el embalse de La Mariposa (estado Miranda), para las comunidades que están más cercanas, se necesita menos energía para llegar allí. Pero mientras más alejado estás de esa fuente de agua, necesitas más energía”, sostuvo.

    Más del 80 % de la población venezolana vive donde hay que bombear agua, y ello requiere mucha electricidad.

    Moreno insistió en que las comunidades deben preguntarse de dónde provienen los bienes comunes que consumen. “¿Cuántas veces nos preguntamos de dónde viene el agua que sale por el chorro a mi casa? ¿De dónde vienen los alimentos que estoy consumiendo? Porque, así como funciona para el agua, funciona para todo. Absolutamente todo lo que consumimos requiere de una gran inversión de energía en forma de electricidad, de gasolina, de más agua para llegar a nuestro consumo”, argumentó.

    Redefinir espacios

    Meimalín Moreno señaló que, aunque lo apropiado sería transformar la distribución demográfica y la forma en que se organizan las ciudades, ese cambio implica una modificación cultural, energética y de valores.

    Señaló que existen propuestas internacionales que buscan reestructurar las ciudades: “Intervenir la ciudad de manera que dentro de la ciudad también puedas tener espacios de producción sin recurrir a esos subsidios energéticos que son altísimos”.

    La experta también abordó los escenarios de acceso decreciente al agua dulce y las alternativas que pueden desarrollarse desde las comunidades. “Tenemos que pensar en cómo nos manejamos dentro de las comunidades, con qué se cuenta. Por ejemplo, en comunidades donde el agua se dificulta, una solución práctica para tener el vital líquido es la cosecha de agua de lluvia. Esa es una práctica ancestral y es muy común en los llanos, en los ámbitos rurales”, disertó. 

    Moreno aclaró que estas soluciones dependen del tipo de territorio. “Para una persona que vive en un apartamento, eso es complicado; para una persona que vive en un lugar con más espacio, es menos complicado”, indicó.

    La bióloga destacó que las comunidades venezolanas poseen saberes populares que históricamente han permitido reutilizar el agua. “Yo viví muchos años en los Valles del Tuy y me acuerdo de que el agua que salía de la lavadora se usaba para lavar el patio”, ilustró.

    Subrayó que estas prácticas no deben verse como señales de precariedad. “Esas son modos que nos empoderan y nos dan oportunidad de aprovechar y de tener una mejor relación con el agua”, afirmó.

    Crisis hídrica global

    La especialista Meimalín Moreno recalcó en que la crisis hídrica es global y civilizatoria: “Tenemos inequidades en cuanto al acceso y en cuanto a la forma como bajo el sistema dominante nos relacionamos con el agua y con la naturaleza [no humana]”.

    Subrayó que, aunque cada país enfrenta desafíos particulares —como distribución, infraestructura o bombeo—, el problema es el modelo dominante. “Aunque tengamos las mejores tecnologías, si seguimos viviendo de la forma en que lo hacemos, va a llegar un momento en que no vamos a tener agua que bombear ni la energía suficiente para bombearla”, reafirmó.

    Acuíferos, inequidad y límites planetarios del agua dulce

    La bióloga venezolana insistió en que la gestión de los acuíferos no puede separarse de la forma en que la humanidad se relaciona con el agua. “Independientemente de que haya una importante reserva de agua subterránea, si continuamos utilizando el agua como un ‘recurso’ que está allí para que lo gastemos, eventualmente lo vamos a gastar”, ratificó.

    Meimalín Moreno reveló que la perforación indiscriminada de pozos acelera el agotamiento de los acuíferos. “Un acuífero que podría durar unos años, duraría la mitad o mucho menos de la mitad”, señaló.

    Destacó que la contaminación también reduce la disponibilidad de agua dulce. “A medida que aumentamos la contaminación, estamos disminuyendo la cantidad de agua disponible para nuestro uso”, alertó.

    Moreno dijo que el acceso a los acuíferos está marcado por profundas inequidades. “La ventaja la tienen quienes tienen el mayor poder económico. No es tan fácil extraer agua de un pozo; muchas veces tienen que perforar muchísimos metros bajo tierra y eso cuesta dinero, toma tiempo, pero lo que más cuesta es dinero. Entonces, sí, definitivamente eso puede incrementar la inequidad”, aseguró.

    Planificación territorial

    Moreno advirtió que la gestión comunitaria del agua está atravesada por múltiples interconexiones. “No solamente influyen nuestras decisiones como comunidad, sino también las decisiones que se toman en otros lugares. Hay muchas interconexiones que es bueno ir conociendo”, enfatizó. 

    Comunidad científica y su relación con el agua

    La especialista del IVIC señaló que uno de los grandes retos de la comunidad científica venezolana es redefinir su propia relación con el agua, con la naturaleza no humana y con las comunidades. “Porque, desde la academia, nos aproximamos a la naturaleza [no humana] de una manera como si no tuviera relación con nosotros y que la podemos manejar a nuestro interés”, expresó.

    La bióloga advirtió que la ciencia no puede seguir respondiendo a las consecuencias negativas del modelo dominante únicamente con más tecnología moderna. Por ello, subrayó que la transformación debe comenzar dentro de la propia comunidad científica: “No es solo la comunidad la que tiene que redefinir su relación con el agua; los científicos y las científicas somos una comunidad también y, de igual forma, tenemos que redefinir esas relaciones”.

    Moreno destacó que “necesitamos generar el conocimiento necesario para dirigir esa transición, romper con esa tendencia de generar conocimiento para hacer más tecnologías [modernas] como solución a los problemas”.

    Aprendizajes comunitarios

    Meimalín Moreno destacó que su trabajo con comunas y otros sistemas de agregación comunal le ha permitido reconocer dos realidades muy distintas entre la ciudad y el campo. “En comunidades más del periurbano o comunidades campesinas, rurales, hay un mayor conocimiento. Hace poco, por ejemplo, tuve la oportunidad de compartir con las escuelas de cuencas que siembran agua. Es un movimiento hermosísimo”, refirió.

    Relató que en un encuentro realizado en Caracas quedó impresionada por los conocimientos que estas comunidades manejan. “Fue un encuentro que se hizo a comienzos de año; vinieron voceros de todo el país. Se agrupan en torno a las escuelas y ahí tienen personajes como libros vivientes, maestros, sembradores de agua. Son personas que manejan muchísimos conocimientos sobre el cuidado de las cuencas, donde nacen las aguas que son utilizadas en las comunidades rurales y también en comunidades del periurbano. Puedes entender que tú eres parte del agua y el agua es parte de ti”, contó.

    La bióloga señaló que esta experiencia debe inspirar a las ciudades, aunque no tiene que replicarse de manera idéntica. “Porque en la ciudad no tenemos nacientes de agua. Pero necesitamos conocer de dónde vienen nuestros bienes comunes y cómo garantizar la protección ecológica y recuperación de cursos y cuerpos de agua”, finalizó.