Científica venezolana: En las abejas, las comunas pueden hallar claves para fortalecer sus procesos

Etiqueta: Crisis Ambiental Global

  • Científica venezolana: En las abejas, las comunas pueden hallar claves para fortalecer sus procesos

    Científica venezolana: En las abejas, las comunas pueden hallar claves para fortalecer sus procesos

    Caracas, 30 de diciembre de 2025.- “Mi trabajo es encender en otros el deseo de conocer lo propio. Y lo hago a través de las abejas indígenas latinoamericanas, esencias vivas hacia nuestra memoria, territorio e identidad”. Así lo manifestó la investigadora venezolana Palmira Guevara, durante el programa radial “En clave comunal”.

    Una científica caraqueña que volvió al origen

    Palmira Guevara Trejo, investigadora caraqueña, de hermosos cabellos rizados, ha construido una trayectoria científica que va desde la biología celular hasta la genética molecular. Sin embargo, en esta etapa de su vida, afirmó que transita “una nueva vida haciendo ciencia”, una vida que la ha llevado a trabajar con abejas criollas (abejas sin aguijón), las abejitas nativas que habitan los territorios venezolanos.

    Doctora en biología celular, con un posdoctorado en Estados Unidos y especialista en genética de parásitos, Guevara ha desarrollado pruebas diagnósticas basadas en PCR para enfermedades como la leishmaniasis y la enfermedad de Chagas. Es integrante del Comité de Bioética del Ministerio del Poder Popular para Ciencia y Tecnología (Mincyt) y trabaja en el Instituto de Biología Experimental de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Hoy, su mirada científica se entrelaza con una búsqueda más íntima con la madre tierra.

    Su relación con el territorio no nació en un laboratorio, sino en la memoria familiar. Palmira recordó a su abuela como una mujer que “sabía desde sacar una muela; coser (era sastre); parteaba; ordeñaba las vacas; hacía mantequilla, sombreros, alpargatas; cantaba; bailaba, tenía abejas”. Y lamentó que todo eso se haya perdido en una generación, una pérdida que atribuye al desarraigo producido por la migración del campo hacia la ciudad.

    Esa ruptura, dijo, forma parte de lo que llama la “ciudadanización pedagógica”, un proceso que “embrutece”. No lo afirma como ofensa, sino porque “te hace ignorante de los colores, de los calores, de los olores y de los gustos de tu territorio”. Para ella, la vida urbana desconecta de la vivencia sensorial profunda que sostiene la identidad comunitaria.

    La diferencia entre vivir el territorio y verlo desde la ciudad

    Palmira Guevara sostuvo que la relación con el entorno moldea la sensibilidad y el conocimiento. Por eso planteó que “no es lo mismo cuando te levantas frente al mar y ves el amanecer, que ver la vida desde una ciudad como Caracas”.

    Esa convicción la llevó a acampar entre flores, a observar de cerca a las abejitas nativas y a descubrir que la mayoría de los venezolanos no sabemos que existen abejas que no pican. “Lo primero que tú empiezas a preguntar a la gente es si conocen que hay abejas que no pican”, comentó durante la conversa con la periodista Nerliny Carucí.

    Palmira explicó que los llamados “pegones” —esas pequeñas abejas que a algunas personas se les enredan en el cabello— son, en realidad, abejas muy organizadas, tan importantes como las abejas melíferas. No obstante, las abejas nativas están invisibilizadas: “La gente no las ve, piensa que son mosquitos o moscas, y, por supuesto, las espanta”, desconociendo su papel fundamental en la vida del ecosistema.

    Refirió que las abejas meliponas corresponden solo a uno de los 27 géneros taxonómicos de abejas sin aguijón del continente americano. “En este continente podemos tener más de ochocientas especies de abejas indígenas latinoamericanas”, precisó.

    Para la científica venezolana, nombrar a las abejas como indígenas latinoamericanas no es un capricho, sino un acto cultural. “Es verdad que somos seres humanos, pero yo soy venezolana. Y de venezolana, además soy caraqueña”, dijo, subrayando que la identidad también se expresa en la biodiversidad que habitamos.

    Insistió que es necesario nombrar a estas abejitas desde su arraigo territorial. “Hasta que no se haga cotidiano que cada venezolano diga: ‘Sí, yo conozco al pegón, a la erica, a la guanota, al bayure, a la conguita, a la angelita…’, no habremos recuperado ese vínculo perdido”.

    Palmira agradeció “a la Providencia”, la posibilidad de vivir esta nueva etapa en la que hace ciencia desde los territorios. Para ella, el conocimiento no está solo en los laboratorios, sino “en donde están las comunas que producen nuestros alimentos y que cuidan nuestros bosques”.

    Jardines que dialogan con la naturaleza no humana

    Palmira Guevara aseguró que atraer abejas nativas a los jardines comienza por comprender la relación profunda entre los seres humanos y la naturaleza no humana. Para ella, no se trata de técnicas aisladas: “Tienes que entender que todo son ciclos, conexiones, comunicación”. Esa visión, manifestó, implica reconocer que no estamos separados de la madre tierra, aunque la modernidad insista en lo contrario.

    La destacada bióloga afirmó que incluso quienes viven en apartamentos deben reconciliarse con la presencia de otros seres vivos. “Tú tienes que empezar a querer que ellas (las abejas) vivan contigo”, señaló, especialmente en una ciudad como Caracas, a la que describe como “un jardín… un bosque urbanizado” que resiste a ser reducido a cemento y asfalto. Para ella, la capital sigue siendo un valle vivo que reclama convivencia.

    Guevara platicó que la clave para atraer abejas sin aguijón no está en comprar plantas ornamentales, sino en permitir que la vegetación local se exprese. “Lo que debes dejar es que en tu jardín crezcan todas las hierbas posibles”, propuso, porque son esas plantas las que las abejitas visitan. Advirtió que muchas veces se eligen especies introducidas que no sirven de alimento: “A lo mejor es una planta invasora”, comentó, y por eso no genera visitas de polinizadores nativos.

    Una red de proyectos que estudia y protege a las abejas nativas

    La científica forma parte de una red creciente de iniciativas comunitarias dedicadas a las abejas nativas. Relató que su propio camino comenzó con el proyecto Milagrosas Meliponas, desarrollado en Sabana Grande (Lara) y en comunidades campesinas de la región.

    Hoy, dijo, existen “5 o 6 proyectos financiados por el Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología y el Ministerio de Ciencia y Tecnología” en estados como Aragua, Cojedes, Amazonas y Carabobo, además de otros esfuerzos independientes que ella llama “proyectos hermanos”.

    Entre ellos destaca uno que le conmueve especialmente: “Hay uno muy lindo que se llama ‘Mis vecinas las abejas’, que está aquí en Caracas”. Para la investigadora, estas iniciativas demuestran que una ciencia otra puede nacer desde los territorios y que la protección de las abejas nativas es una tarea colectiva que involucra a comunidades, investigadores, abejeros.

    Guevara trabaja también con abejeros y con la Facultad de Agronomía de la UCV, en particular con la profesora Mercedes Castro, quien desarrolla un estudio sobre la caracterización botánica de las mieles de Bobare. La caraqueña subrayó que “no hay una sola miel”, porque cada una es un reflejo del territorio que la produce. En sus lecturas encontró una frase que la marcó: “Hay un bosque en una gota de miel”.

    A criterio de Palmira Guevara, esa imagen resume la riqueza de las abejas nativas y la importancia de protegerlas. “Cuando tú tienes una cucharadita de miel, en realidad estás recibiendo los aromas, los colores, el polen, las proteínas y los fitoquímicos de miles de plantas que visitó esa abeja”, enfatizó.

    Abejas desplazadas por el crecimiento urbano

    Palmira Guevara indicó que el avance de la urbanización afecta directamente a las abejas nativas sin aguijón, porque “interviene su hábitat”.

    Relató que en Sabana Grande, en el estado Lara, donde reside, la mayoría de las abejitas —especialmente las ericas y las plebeias— han debido adaptarse a espacios artificiales: “Las conseguimos viviendo en los bloques, en los huequitos que se hacen en los bloques”. Señaló que esta reubicación obligada ocurre porque los árboles, que antes ofrecían cavidades naturales, han desaparecido del paisaje urbano.

    La investigadora hizo hincapié en que la pérdida de árboles afecta tanto la alimentación como la reproducción de estas especies. “Si no hay árboles, ellas no tienen espacios en donde hacer sus nidos. Las abejas necesitan, además, flores, flores que sean de su agrado, y esas flores solo existen si se preservan los bosques y la vegetación nativa”, afirmó.

    Palmira Guevara subrayó que cada especie de abeja tiene preferencias florales específicas, por lo que es necesario mirar hacia los ecosistemas que aún permanecen intactos. “Tendremos que fijarnos en el bosque, cuáles son las plantas con flores que ellas visitan más”, expuso.

    La polinización como base de la vida

    La bióloga Palmira Guevara resaltó que la presencia de abejas es esencial para la producción de alimentos, incluso en cultivos que muchos no asocian con la polinización. Recordó que organismos internacionales han documentado esta dependencia.

    “La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) nos da una cifra: 70% de los alimentos que nosotros consumimos son polinizados por abejas y otros insectos”, ilustró.

    La investigadora comentó que en Latinoamérica existe una enorme diversidad de abejas sin aguijón, muchas de ellas aún poco estudiadas. “Yo diría que como 600 especies de abejas visitan flores y pudieran haber más”, afirmó

    Apuntó que países como Colombia ya han caracterizado alrededor de 200 especies, mientras que Venezuela apenas supera las 90. Admitió la falta de entomólogos/as y botánicos/as que se dediquen al inventario riguroso de la biodiversidad.

    Abejas comunitarias y solitarias

    Palmira Guevara aclaró que no existe una sola forma de vida entre las abejas, sino múltiples organizaciones. “Son las abejas ―no es la abeja― las que viven en comunidad”, explicó.

    Detalló que la mayoría, de hecho, no forma colmenas complejas, pero todas cumplen funciones ecológicas esenciales. Esta diversidad, dijo, es un recordatorio de que la naturaleza rara vez opera bajo un único modelo.

    Palmira Guevara describió con detalle la estructura interna de una colmena, donde cada abeja cumple un rol específico según su etapa de vida. “Las abejas recién nacidas se ocupan de cuidar a las que están por nacer y, a medida que van adquiriendo experiencia, se convierten en abejas pecoreadoras. Incluso los machos participan en labores internas antes de cumplir su función reproductiva”, comentó.

    En su opinión, “la colmena es una organización, un todo”, un ejemplo de cooperación que las comunas podrían observar para fortalecer sus propios procesos colectivos.

    El conocimiento campesino como brújula del territorio

    La investigadora Palmira Guevara destacó que los comuneros venezolanos poseen un saber profundo sobre las abejas nativas y su entorno. “Ellos conocen el territorio muy bien, ellos saben que son distintas”, expresó.

    La científica enumeró los nombres populares que manejan con naturalidad: bayure, guanota, erica, conguita, mosquita, pegones, boca llana. Además, recalcó que reconocen las diferencias entre las mieles y sus usos medicinales, un conocimiento transmitido por generaciones.

    Guevara señaló que estas mieles no forman parte del mundo comercial, sino de la vida cotidiana campesina. “Son unas mieles con una vinculación muy íntima con la vida campesina. Usadas para tratar catarros, cataratas, mejorar la fertilidad o aprovechar la borra —el polen fermentado que las abejas guardan como fuente de proteínas—”, mencionó.

    Sin embargo, advirtió que la revolución verde y los agrotóxicos han erosionado estos saberes. “A ellos también los disocian, los absorben de su conocimiento natural”, aseveró. Aun así, Palmira reconoció cuánto ha aprendido de los abejeros de Sabana Grande, Boro, Bobare, Caspo, Villa Rosa, La Ceibita y Monte Carmelo, a quienes nombra con afecto y respeto.

    La biología caraqueña también reflexionó sobre la participación de las mujeres en estas prácticas. Argumentó que muchas no se involucran porque son tareas que históricamente han recaído en varones. Pero su propia presencia —“esta señora con el pelo canoso”, como se describió— ha servido para abrir caminos y entusiasmar a otras mujeres. “Tenemos que promover que ellas se incorporen en el cuido y cría de esas abejas”, apuntó.

    Semillas para la descolonización cotidiana

    Palmira Guevara manifestó que uno de los aprendizajes más profundos en su trabajo con comunidades es comprender que la descolonización no es un concepto abstracto, sino una práctica diaria.

    Guevara reconoció que cambiar la mirada sobre la naturaleza no humana y sobre uno mismo es un proceso complejo, pero necesario. “Ya voy como por tres metamorfosis. ¡No sé cuántas me van a faltar!”, dijo entre risas, aludiendo a su propio tránsito vital.

    Para ella, descolonizarse implica abrirse a ser distinto, cuestionar lo aprendido y reafirmarse desde otros conocimientos: “Tienes que dudar”. Ese proceso, recalcó, también exige superar la visión utilitaria sobre la madre tierra, dejar de verla solo como un objeto y comenzar a reconocerla como un tejido vivo del que somos parte. En ese camino, advirtió sobre la crisis mundial de desaparición de insectos, un fenómeno que afecta directamente la polinización, “uno de los procesos fundamentales en que los insectos diurnos y nocturnos participan”.

    La investigadora insistió en que los insectos no solo polinizan, sino que “participan en muchísimos otros procesos de transformación cíclica de los elementos de la naturaleza”, como la creación de suelos fértiles.

    En tal sentido, consideró urgente fortalecer la educación territorial y comunitaria. Anunció que esperan organizar en 2026 un encuentro de saberes con compañeros y compañeras interesados en la protección de polinizadores”.

    Abejas nativas frente a la crisis ambiental global

    Palmira Guevara advirtió que la crisis ambiental planetaria afecta directamente a las abejas sin aguijón, cuya existencia depende de condiciones ambientales muy específicas. Alegó que estas especies no se pueden criar o no viven fuera de la franja pantropical, un corredor climático que sostiene su temperatura ideal.

    La investigadora señaló que el incremento del calor puede obligar a las abejas nativas a desplazarse hacia otros territorios en busca de condiciones adecuadas. “Si se incrementa el calor, pues ellas empezarán a migrar a otros espacios”, afirmó. Aunque reconoció que esta movilidad podría generar efectos positivos —como la polinización de nuevas especies—, insiste en que se trata de un reacomodo forzado por la crisis ambiental.

    Guevara subrayó que las abejas no están aisladas de los procesos globales, sino que responden a ellos igual que cualquier forma de vida. “Ellas no están ajenas a lo que está pasando en el planeta. Todo el mundo se va a reacomodar, todos nos estamos reacomodando”, dijo.

    La meliponicultura como práctica ancestral y actual

    La bióloga Palmira Guevara expuso que la cría de abejas nativas sin aguijón no es una novedad, sino una tradición profundamente arraigada en la vida campesina. Señaló que “el campesino siempre está acompañado de una colmenita en su casa guindando”, especialmente en zonas semiáridas como el estado Lara, donde suelen conservarlas en cajitas o tubos de PVC.

    La investigadora caraqueña recordó que existen métodos de cría desarrollados por pueblos mesoamericanos, pero advirtió que cada especie tiene características propias. “Hay unas chiquiticas, unas más grandes”, dijo, y explicó que en Venezuela las especies más trabajadas han sido “la guanota, la érica y la angelita, y alguna especie de pegón”.

    Guevara insistió en que la meliponicultura exige formación y humildad. “Antes de ponerte con la fauna silvestre, tú tienes que estudiar, tienes que aprender de los abejeros y de las abejeras”, reafirmó. Recordó que incluso las abejas que pican nunca llegan a domesticarse por completo.

    Recomendó acudir tanto a la experiencia comunitaria como a la bibliografía académica; en particular, sugirió la lectura del libro Abejas criollas sin aguijón, de Rafael Rivero Oramas, una referencia importante en este campo.

    Mensaje final

    Para finalizar, Palmira Guevara reiteró que la existencia humana está profundamente entrelazada con la de los polinizadores. Para ello citó un pensamiento del escritor Maurice Maeterlinck, autor de La inteligencia de las abejas: “Se calcula, en efecto, que desaparecerían más de cien mil especies de plantas si las abejas cesaran de visitarlas”. Con esta frase, subrayó la magnitud del papel que cumplen estos pequeños seres vivos en la continuidad de los ecosistemas.

    Guevara destacó que la advertencia de Maurice Maeterlinck no se limita al mundo vegetal, sino que alcanza a la propia humanidad. “Y quién sabe, quizás nuestra misma civilización, porque todo se encadena en estos misterios”, leyó.

    La investigadora invitó a las comunas y a la audiencia a desarrollar una sensibilidad más profunda hacia la madre naturaleza. Expresó que basta con observar y sentir para reconocer la complejidad de ese tejido vital: “Solo tenemos que despertar a que veamos cómo esa interacción se da con el sentido del gusto, del tacto, de la vista, de la química”.

    Redacción: José Tomedes Gutiérrez

  • Comuna de Carora resolvió su acceso al agua mediante consulta y planificación populares

    Comuna de Carora resolvió su acceso al agua mediante consulta y planificación populares

    Caracas, 17 de marzo de 2026.- “La comuna es como una escuela. En la comuna andamos, nos escuchamos, nos entreayudamos; en la comuna materializamos las soluciones a nuestros problemas”. Estas fueron las palabras de Ronny Álvarez, integrante de la Comuna Maestro Jorge Rodríguez, una comuna urbana ubicada en el sector Cecilio Zubillaga, en Carora, municipio Pedro León Torres del estado Lara.

    La experiencia de esta organización territorial, que agrupa a más de 3000 familias, fue presentada por Álvarez durante su participación en el programa “En clave comunal”.

    El comunero larense explicó que su labor implica recorrer el territorio: “Andamos en la calle, visitando, escuchando”, porque solo a partir de ese contacto directo pueden “accionar y actuar en cualquiera de los escenarios” que se presenten. En ese momento, relató, se encontraban trabajando “día y noche” junto a las UBCh en el Instituto de Educación Especial Morere, como parte de las tareas comunitarias que sostienen la vida del territorio.

    Ronny José Álvarez Chirinos, caroreño de pura cepa, es además presidente de las comisiones electorales y registrador de las consultas populares ante el Sistema de Integración Comunal (Sinco) y el Consejo Federal de Gobierno.

    Organización territorial

    Al referirse a cómo se integran las más de 3000 familias que conforman la Comuna Maestro Jorge Rodríguez, Ronny Álvarez explicó que la dinámica organizativa conserva rasgos de vida rural, aun cuando el territorio es urbano.

    Señaló que la toma de decisiones se realiza de manera sencilla y cercana: “Empezamos debajo de la matica; en cualquier sitio nos reunimos, hablamos, debatimos los proyectos, las problemáticas, nos escuchamos”. Desde esos encuentros, afirmó, buscan soluciones colectivas.

    Álvarez también describió los límites y relaciones territoriales de la comuna, y detalló que colindan con “la avenida Fuerzas Armadas, Fuerte Manaure y parte del sector Cantaclaro”. Además, son vecinos del Hospital Pastor Oropeza, del Aeropuerto Internacional La Greda y de la Comuna General División Pedro León Torres.

    La Comuna Maestro Jorge Rodríguez la conforma seis consejos comunales: Ezequiel Zamora, Cecilio Zubillaga, Roble Viejo, 5 de Julio, Lezma Liscano, y San Roque-Mauricia.

    El agua como fuente de vida

    Sobre la situación del agua en Carora, Ronny Álvarez explicó que el agua es un bien fundamental para la vida cotidiana. Indicó que “el agua es vital, es fuente de vida”, pero que han tenido “problemas con la parte de acueducto por el crecimiento que ha tenido la ciudad”, ya que la red es insuficiente y “el acueducto es muy pequeño”.

    Refirió que antiguamente la infraestructura era más adecuada para abastecer la zona media y baja del casco central, pero hoy la demanda supera la capacidad instalada.

    El líder comunitario destacó que, ante estas limitaciones, las familias recurren a conocimientos heredados para aprovechar el agua de lluvia. Explicó que en casi todas las casas se mantiene la práctica de instalar “la churumba o el canal para recoger el agüita”, una técnica transmitida por los abuelos.

    Comentó que, aunque las precipitaciones son escasas, cuando llueve suele ser abundante, lo que permite recolectar agua para el uso doméstico. “Aprovechamos el agua que cae del cielo. Las familias se organizan para preparar los canales y almacenar cada gota”, comentó.

    Ronny Álvarez explicó que en Carora la percepción del agua ha cambiado profundamente debido a la crisis climática que afecta al territorio y al planeta. “Los pobladores contemporáneos se han dado cuenta de la importancia que tiene el agua para la vida”, afirmó.

    Destacó que en la comuna funcionan dos escuelas regulares y una de educación especial, donde se ha incorporado la enseñanza del cuidado del agua como parte de la formación diaria. Explicó que la educación ha sido clave para transformar la relación de la comunidad con el agua en medio de la bancarrota hídrica global.

    Señaló que desde las escuelas y el territorio se promueve la importancia de “racionar el agua, cuidar las fuentes de agua” y evitar fugas o desperdicios. Álvarez subrayó que este aprendizaje se refuerza tanto en la vida cotidiana como en los espacios educativos, donde se enseña a comprender los ciclos del agua y la necesidad de preservarla.

    Efectos de la crisis ambiental global

    Al referirse a los efectos de la crisis ambiental global en los últimos años, Álvarez fue contundente: “Terrible. Un impacto fuerte”. Recordó una experiencia crítica cuando los dos embalses que abastecen a la ciudad comenzaron a secarse debido a la evaporación acelerada por las altas temperaturas. “Fue una situación crítica que nunca habíamos tenido, el agua se estaba evaporando”, relató.

    Comentó que los niveles de agua descendieron de manera alarmante y obligaron a aplicar racionamientos rigurosos, una situación que marcó a la comunidad y reforzó la necesidad de cuidar el agua.

    Tras ver los impactos de la crisis ambiental global, la Comuna Maestro Jorge Rodríguez ha desarrollado mecanismos propios para enfrentar la escasez del agua. Ronny Álvarez contó que, ante aquella situación fueron “adecuando algunos puntos específicos, para puntos de acopio”, entre ellos un subterráneo de 55 000 litros en el Instituto de Educación Especial Morere, inicialmente destinado a la reserva y al apoyo de sectores vecinos como Ezequiel Zamora y Cecilio Zubillaga.

    Señaló que otras instituciones también se sumaron, como los laboratorios de la Universidad Nacional Experimental Politécnica Antonio José de Sucre (Unexpo), que permitieron “aportar ese granito y ayudar a la gente que no tenía agua”. Recordó que, durante los momentos más críticos, se formaban “colas y colas”, por lo que estos puntos estratégicos siguen activos “en caso de emergencia” para equilibrar la distribución del agua en el territorio.

    La Consulta Popular Nacional ha sido la vía que abrieron las más de 3 mil familias de la Comuna Maestro Jorge Rodríguez para la gestión comunal del agua.

    El comunero relató que la comuna articuló esfuerzos con instituciones públicas para mejorar la infraestructura hídrica, especialmente en el marco de la Tercera Consulta Popular Nacional de 2024. Describió que el proceso fue “muy asertivo”, pues permitió recorrer los territorios junto a la Hidrológica de Lara y las mesas técnicas de agua para emprender acciones concretas: “Saneamos la tubería principal de 20 pulgadas, eliminando tomas ilegales y estableciendo tubos tipo ‘flauta’”.

    Manifestó que esto permitió que “la misma presión de agua que me está llegando a mí es la misma presión que le está llegando al vecino”, subsanando un problema donde solo un 30 % de las familias recibía agua de manera regular. Hoy, afirmó, el suministro de agua alcanza al 90 % de las familias que habitan el territorio.

    Sin embargo, el vocero comunal reconoció que aún existen desafíos en sectores ubicados en zonas más elevadas, donde se requieren obras adicionales.

    Para organizar la gestión del agua en el marco de la consulta popular, Ronny Álvarez explicó que el proceso se estructuró desde las asambleas comunitarias utilizando un instrumento central: la agenda concreta de acción (ACA). “La ACA fue nuestra herramienta, nuestro instrumento principal en las asambleas”, señaló.

    Según Álvarez, la planificación se construyó colectivamente, guiándose por la ACA para definir rutas de trabajo y articularse con las instituciones técnicas involucradas.

    Aprovechamiento de aguas grises

    En cuanto al uso de aguas intermedias o aguas grises, Ronny Álvarez afirmó que la comunidad ha desarrollado prácticas sostenibles para aprovecharlas. “Sí, la gran mayoría utiliza esa agua para regar los árboles”, dijo.

    Además, declaró que algunas familias aplican procesos de sedimentación para reutilizar el agua en actividades agrícolas: “La utilizan para fertilizar, para echarles sus nutrientes a los cultivos”. Precisó que esta práctica es especialmente común en San Roque, donde muchas familias dependen de estos mecanismos para mantener sus siembras en un territorio marcado por la escasez de agua.

    Producción familiar y comunitaria para el autoabastecimiento

    Ronny Álvarez explicó que la producción de alimentos en la Comuna Maestro Jorge Rodríguez se desarrolla principalmente en pequeñas escalas, tanto en los hogares como en espacios comunitarios.

    Apuntó que “la mayoría tiene su siembra en las casas para su propio beneficio”, aunque también existen familias que cultivan de manera conjunta para abastecer a la comunidad o vender en el mercado.

    Consultado por la periodista Nerliny Carucí sobre los rubros que siembran, Álvarez detalló que se concentran en alimentos que se adaptan a las condiciones del suelo local: “Ají, tomate, pimentón, cilantro, cebolla”.

    Explicó que la tierra es “muy arcillosa y hay que trabajarla demasiado”, lo que limita la diversidad de cultivos. Aun así, el larense reiteró que con pequeños conucos y granjitas, las familias logran producir alimentos tanto para el consumo propio como para la comercialización.

    Además de los cultivos, Ronny Álvarez refirió que la comuna mantiene actividades pecuarias que complementan la producción alimentaria. Indicó que en algunos sectores se practica “el libre pastoreo”, donde se crían cabras, vacas y ganado bovino.

    En cuanto a la producción porcina, afirmó que “la gran mayoría se encuentra en la comunidad Lezma Liscano y San Roque‑La Mauricia”, zonas donde varias familias sostienen la cría de cerdos como parte de la economía local.

    Comunicación en el territorio

    Sobre las formas de comunicación dentro del territorio, el comunero Ronny Álvarez afirmó que la estrategia más efectiva sigue siendo el contacto directo. “El cara a cara”, aseguró.

    Explicó que él prefiere visitar personalmente a las familias para informar y escuchar, porque considera que “lo más asertivo es el encuentro”, un método que implementan en todo el territorio de la comuna para garantizar que la información circule.

    Álvarez también reflexionó sobre cómo ha cambiado su manera de ver el mundo desde que forma parte de la organización comunal. Describió la experiencia como “una maravilla” y recordó que tiene “16 años” trabajando por la comunidad, una labor que considera profundamente gratificante. Para él, lo más valioso es “el poder comunal, la comunidad”, la forma en que se organizan, se reúnen y resuelven juntos los problemas.

    En cuanto a las tensiones que a veces surgen en los territorios por prácticas individualistas o concepciones del poder como dominación, Ronny Álvarez reconoció que estas actitudes afectan el trabajo colectivo. “Eso entorpece el proceso”, expuso.

    Sin embargo, destacó que la comuna ha aprendido a enfrentar estas situaciones sin detener la marcha: “Hay que rodearlo, hay que seguir”. Sustentó que, con “mucho debate, con mucha asamblea”, han logrado abrir espacios de participación incluso para quienes inicialmente obstaculizaban el proceso. “Los invitamos a que escuchen lo que se está haciendo, para que entiendan que la cuestión no es solamente para algunos, sino que es para todos, sin distinción política”, afirmó.

    Palabras finales

    Al culminar su participación en el espacio radial, Ronny Álvarez llamó a mantener la constancia y la voluntad colectiva. “Sigamos, sigamos adelante con pie de lucha, mucha voluntad propia”, declaró.

    Subrayó que la comuna no pertenece a unos pocos, sino que es de todos y todas. Para el líder comunitario, el horizonte es claro: “Trabajar por el futuro de nuestros niños y niñas, de la autodeterminación de los pueblos, de las comunidades y del fortalecimiento popular para nuestro futuro”.

  • Educador popular: Hay que saber trabajar los métodos de crianza de la comunidad con los más jóvenes

    Educador popular: Hay que saber trabajar los métodos de crianza de la comunidad con los más jóvenes

    Caracas, 15 de octubre de 2025.- “En la ciudad, desde las cosmovisiones de los pueblos indígenas, tenemos un modo de recuperar las prácticas de diálogo y conversación con la madre tierra”. Así lo dijo Juan Carlos Nina Bautista, educador popular boliviano, en el programa “En clave comunal”.

    Juan Carlos Nina Bautista, conocido como Archi, es especialista en Ciencias Jurídicas y promotor de líderes juveniles con un enfoque comunitario en barrios populares de la ciudad de La Paz, en Bolivia, y fue uno de los más de doscientos cincuenta invitados del extranjero que asistieron al Congreso Internacional en Defensa de la Madre Tierra realizado hace unos días en Caracas.

    Nina Bautista relató que las sabidurías ancestrales no están ausentes en los espacios urbanos, sino que habitan las ciudades, especialmente en sus periferias. En La Paz, Bolivia, la experiencia de los yapus urbanos —espacios de siembra bajo un sentido ancestral— surgió como propuesta para construir ciudades interculturales desde los saberes indígenas.

    “La ciudad de La Paz es una hoyada, donde el centro de la ciudad está más o menos al fondo de la hoyada y en las periferias existen unas quebradas donde se sube y se baja a los hogares a través de las gradas. Una de estas gradas conduce hacia El Alto, donde comienza el altiplano y, con él, la expansión de esta otra ciudad colindante. Nosotros, desde nuestra experiencia, impulsamos los yapus urbanos como una propuesta de sabiduría indígena aplicada a los espacios urbanos, orientada a la construcción de ciudades verdaderamente interculturales”, contó.

    Nina Bautista contó que la iniciativa nació tras la observación de una jardinera pública, mientras bajaba unas gradas, donde una pobladora llamada Sonia, una mujer de pollera (una indumentaria cultural andina de los Andes), cultiva papa, repollo, zanahoria y cebolla como forma de cuidado comunitario.

    La joven boliviana le dijo a Nina Bautista: “La mejor forma que yo tengo de cuidar la jardinera es sembrar”.

    Narró que fue en ese momento cuando se le ocurrió la idea de impulsar un proyecto para sembrar y cosechar papa en la ciudad. “Así nació esta iniciativa de siembra y cosecha de papa en espacios urbanos, en territorios populares, como forma de recuperar prácticas ancestrales en la ciudad”, manifestó.

    El educador popular expuso que, inicialmente, le llamaban huertos urbanos a estas jardineras; pero, después, se dieron cuenta de que eran diferentes. Señaló que en estos huertos había algo que no coincidía con el nombre, porque habían visto huertos urbanos en otros espacios.

    “Le preguntamos nuevamente en el proceso a doña Sonia: ¿Qué es lo que usted hace antes de sembrar, porque es con saberes ancestrales? Entonces queríamos saber las características de esos saberes ancestrales. Y ella nos dice: ‘Lo primero que yo hago es pedirle permiso a la madre de tierra y darle un pago a la tiramama’ ―así ella le pone el nombre a la madre de tierra―. ¿En qué consiste? Consiste en colocar un pedazo de sebo de llama con cuatro hojas de coca. Cava unos 20 centímetros ―o 15 centímetros― en el centro de la jardinera, lo coloca y lo tapa. Le echa un poco de vino y le dice que dé buena siembra, que se sirva la tierra para que ella luego nos sirva de papa. Y así es como ella hace su pequeño ritual pidiendo permiso. Y posteriormente, en un mes, empieza a sembrar”, explicó Juan Carlos Nina Bautista.

    ‘Yapus’ urbanos’

    Juan Carlos Nina “Archi” Bautista relató que el seguimiento al ciclo agrícola de doña Sonia reveló una dimensión espiritual y comunitaria que trasciende la técnica de cultivo.

    “Les cuento todo esto porque, después de que desarrollamos todo el ciclo agrícola, acompañando a doña Sonia en el seguimiento de su siembra de papa, en ese proceso, notamos que la papa, se siembra más o menos entre octubre y noviembre, y que hacia febrero comenzamos a tocar música tarqueada para cantarles a las flores de esa jardinera. Doña Sonia decía que había que cantarle. Entonces tuvimos que aprender a tocar, y preguntamos a los vecinos quiénes sabían música. Salieron los abuelos, y así empezamos a tocar. Ya para mayo, más o menos, comenzamos la cosecha de la papa”, subrayó.

    La reflexión colectiva llevó a resignificar el espacio como yapu urbano. “Hay muchos pasos que deben seguirse en este ciclo agrícola para la siembra y crianza de la papa. Una vez concluido todo ese proceso, nos preguntamos: ¿todo lo que hemos hecho es un huerto urbano en la ciudad? Con algunos amigos comentamos que no, que no se trata de una chacra urbana. En Aymara, ‘chacra’ se dice yapu. Entonces dijimos: en las comunidades rurales se les llama yapus a las chacras donde se siembra papa. Es decir: chacra en aymara significa el espacio de tierra destinado al cultivo de papa en el área rural”, detalló.

    Precisó que, en el caso de la ciudad, serían yapus urbanos: chacras o espacios de tierra donde se siembra papa en contexto urbano. “Y ahí está la diferencia: mientras los huertos urbanos pueden incorporar técnicas sustentables desde la ecología, los yapus urbanos se cultivan exclusivamente con saberes y prácticas ancestrales. Esa es la diferencia. Por eso los hemos denominado yapus urbanos. Realizar esta operación permite recuperar lo que ya existe en el barrio”.

    El boliviano aseguró que, desde esta visión, “tenemos un modo de recuperar las prácticas de diálogo y conversación con la madre tierra, desde los pueblos indígenas en la ciudad”.

    Señaló que la falta de respeto hacia la naturaleza no humana nos ha llevado a la crisis ambiental global que hoy afecta a la vida toda.

    Crianza y disputa en la ciudad

    Juan Carlos Nina Bautista, promotor de líderes juveniles con un enfoque comunitario en barrios populares de la ciudad de La Paz, explicó que el proceso de recuperación de prácticas ancestrales en espacios urbanos se articula mediante el método del uywaña.

    Uywaña significa ‘crianza’ o ‘criador’. La crianza tiene la característica de amparar, cuidar, aportar, ayuda, constituir al otro, contagiarle la amistad, el amor, el estar bien, el sonreír, el llorar. Todo lo que puede hacer una persona cuando está junto a otra, pero también es recíproca; quiere decir que aprende del otro, se deja constituir por sus características”, indicó.

    Enfatizó que este método ancestral, practicado por los abuelos para cuidar la tierra, los ríos y las montañas, contrasta con el método moderno de la ciudad, que convierte la naturaleza no humana en objeto de dominio: cemento, ladrillos, gradas, asfalto.

    “Se combinan dos métodos: no se trata solo de disputar la ciudad, sino también de criar. Nuestros pueblos han aprendido a convivir con ambos: el método de la lucha y el método de la crianza, incluso en el acto de constituirse mutuamente con el opresor. Quiere decir que en momentos donde la ciudad excluye, viola tus derechos, intenta que olvides tus prácticas culturales. Nuestras ciudades luchan”, reflexionó.

    Expansión de los ‘yapus’ urbanos

    Juan Carlos Nina Bautista, especialista en Ciencias Jurídicas, dijo que la experiencia iniciada con doña Sonia se multiplicó.

    “Con doña Sonia arreglamos el cerco, y desde el proyecto decidimos construir algunos más; habíamos planteado hacer unos treinta cercos para treinta jardineras. Justo vino la pandemia, y como la gente tuvo un poco más de tiempo, empezaron a mirar y a preguntar por qué le colocábamos cerco a la vecina. Les decíamos: porque la señora siembra papa, y lo hace con saberes ancestrales. Entonces alguien decía: ‘Yo también puedo hacerlo, yo vengo de tal provincia, de la provincia Camacho, o de otras’. Y ahí tuvimos que adecuar el método, diversificar las formas de siembra y cosecha”, contó.

    Declaró que las formas de siembra y cosecha de cada territorio son particulares. “La siembra no se realiza en una fecha única, sino en ciclos y cada una con sus propias prácticas, con sus propios rituales y con sus lógicas. En cuatro vacíos de la ladera oeste del macrodistrito Cotahuma, desarrollamos 200 yapus, donde pudimos cosechar 150 arrobas de papa, entre todos los pobladores”, ilustró.

    Además, Nina Bautista informó que se implementaron yapus escolares en dos colegios, como estrategia pedagógica para que los jóvenes dialoguen entre los conocimientos ancestrales. “En diálogo de saberes con los conocimientos occidentales, más urbanos, para sus carreras profesionales. Para que no dejen de sembrar papa: ese tubérculo que nos ha acompañado durante ocho mil años, que tiene su propia antigüedad y que cuenta con más de cuatro mil variedades en los Andes”, resaltó.

    Juventud, música y pedagogía comunitaria

    Juan Carlos Nina Bautista explicó que, si bien la mayoría de participantes en los 200 yapus urbanos eran familias adultas —parejas de 40, 50 y 60 años—, la incorporación de jóvenes fue clave para dinamizar el proceso; de hecho, Sonia es una mujer menor de 35 años

    “Con los jóvenes con quienes luego conformamos un grupo juvenil, comenzamos a recuperar la música, los tejidos y a dinamizar —a ‘juvenilizar’— todo lo que implica la biodiversidad, a acompañar los procesos de crianza de quienes sabían sembrar y cosechar. Se dio entonces una transmisión intergeneracional de saberes y prácticas, pero con los jóvenes el método es otro: debe ser más juvenil, más alegre, más musical”, platicó.

    Contó que jóvenes de entre 15 y 25 años participaron en la creación de música: “Música para la siembra, música para la cosecha, música para la fiesta de Todos los Santos. Con ella, se empezaron a recuperar muchas otras cosas, muchas otras diversidades que habitaban en el barrio. Y con los jóvenes, simplemente fue natural: se acercaban por el deseo de aprender música, por conocer estas prácticas culturales”.

    Adicionalmente, Nina Bautista señaló que los yapus escolares en dos colegios permitieron integrar el método del uywaña —la crianza— al plan curricular, en diálogo con la Ley de la Educación Avelino Siñani-Elizardo Pérez. Los profesores, que son también pobladores y padres de familia, aprendieron que no se trataba de enseñar a sembrar, sino de permitir que los estudiantes se convirtieran en profesores de prácticas ancestrales. “Decidimos ir al revés y aprender de ellos”, afirmó.

    “Hemos construido nuestro método y aprendimos las diversas lógicas, que puede ir de abajo hacia arriba, y el cambio también puede venir de arriba hacia abajo con el tema de la descolonización, y llegar también hasta la crianza. Compartir desde abajo y llegar a la descolonización haciendo categorías de nuestras prácticas culturales, como es el caso de los yapus urbanos y las ciudades conviviales sobre el vivir bien”, sintetizó.

    De la resistencia a la propuesta: categorías del vivir bien desde la crianza

    En conversa con la periodista venezolana Nerliny Carucí, el educador popular Juan Carlos sostuvo que los pueblos indígenas en Bolivia han trabajado históricamente con dos métodos: el de la lucha —resistencia, disputa, liberación— y el de la crianza —constitución mutua, contagio afectivo, aprendizaje recíproco.

    Explicó que la crianza no es solo cuidado, sino también diálogo espiritual y político. “Somos cristianos, pero también dialogamos con los cerros, con las montañas”, reafirmó.

    Nina advirtió sobre la romantización de la resistencia como forma de vida permanente. “Hay que saber dónde trabajar los métodos educativos, principalmente en lo urbano, sin olvidar que hay personas que se dedican con más fuerza también a la resistencia. Pero no se puede resistir todo el tiempo: la revolución pasa, y hay que saber vivirla. La liberación y la revolución no son modos de vida permanente, lineal. Por eso, tras la liberación, viene el tiempo de la crianza: constituirnos uno al otro, recuperar la biodiversidad. No basta con luchar; hay que proponer un proyecto de sociedad. En nuestro caso, ese proyecto es el vivir bien”, expuso.

    Instó a plantear otras categorías sobre justicia, derecho, educación, economía, economías plurales. “Ahí es donde un poco va la ofensiva, pero desde un modo creador, no desde un modo opresor”, añadió.

    Disputar los imaginarios

    Juan Carlos Nina Bautista manifestó que la lógica de dominación, heredera de la colonialidad, sigue operando en la forma en que se perciben las prácticas culturales originarias. “Ese enfoque de ver lo cultural como retraso siempre está ahí”, dijo.

    “Ahí entra el método de la disputa y la resistencia, pero también el momento de proponer, teorizar y proyectar las tecnologías andinas hacia el siglo XXI como formas de vida que respondan a los problemas actuales. Todo depende de cómo se transmitan esos saberes: si se reducen a prácticas únicamente antropológicas, sin propuestas de vida, un poco demagógicas, sino simplemente de forma, entonces, sí puede parecer como un atraso, y que no aporta a la vida del siglo XXI, con todas estas transformaciones tecnológicas, digitales, etcétera; y, más bien, tienes que sistematizar y teorizar las tecnologías culturales —en nuestro caso, tecnologías andinas—, pero tienen que ser muy bien trabajadas”, planteó.

    Dijo que el reto es evitar que lo ancestral sea reducido a una forma sin contenido, sin horizonte.

    Reproducir vida

    Para finalizar, el educador popular Juan Carlos Nina Bautista agradeció al programa “En clave comunal” y a la Comuna venezolana por el espacio de diálogo y reciprocidad.

    Expresó su deseo de que experiencias como la de los yapus urbanos puedan replicarse en otros territorios de los Sures globales, como parte de un horizonte compartido donde sea posible convivir con la madre tierra, cultivar esperanza y reproducir vida en lugar de guerras.

  • Investigador venezolano: La solución al problema ecológico es comunal

    Investigador venezolano: La solución al problema ecológico es comunal

    Caracas, 10 de octubre de 2025.- “Nosotros formamos parte de la naturaleza. Cuando dejamos de reconocer a la naturaleza como sujeto, como madre, y la consideramos un ‘recurso’ o como ‘algo’ que está para servirnos, la reducimos a una función meramente operativa”. Así lo dijo Pedro Borges, ecólogo venezolano, en el marco de su reflexión sobre la crisis ambiental global.

    Para el investigador caraqueño, el problema central radica en la desacralización de la naturaleza no humana, entendida no como una noción religiosa, sino como el desconocimiento de su valor en sí misma. “Cuando uno dice que algo es sagrado, está reconociendo que tiene una importancia en sí misma ―no porque sea útil o funcional, sino porque tiene un valor propio―”, explicó.

    Esto ha generado una visión instrumental de lo que nos rodea, donde la naturaleza no humana se trata como un objeto reemplazable, “como una nevera que sirve mientras enfría, y que se cambia cuando deja de hacerlo”, ilustró.

    Borges expresó que, si viéramos a la naturaleza no humana “como un sistema del cual formamos parte, y que debe estar saludable no solo porque nos afecta, sino porque tiene valor en sí misma, la trataríamos de forma muy diferente”, afirmó.

    “Tenemos un sistema capitalista que se basa en el lucro, donde todo funciona en términos económicos. Es el capitalismo —o su peor expresión, el neoliberalismo— el que le pone precio a todo y deja de valorar las cosas por su esencia intrínseca”, aclaró.

    Visión instrumental de la naturaleza

    Durante su participación en el programa “En clave comunal”, Pedro Borges, biólogo venezolano, sostuvo que la raíz de la visión de objeto de la naturaleza está en el hecho de que no la reconocemos como madre tierra. “Por eso, la expresión madre tierra es tan hermosa, porque apunta a la sacralización, al respeto profundo de la Tierra como una madre, como una de las cosas más importantes que tenemos, de las que además formamos parte”, reafirmó, en la antesala del Congreso Mundial en Defensa de la Madre Tierra.

    Para el especialista, esta ruptura se inscribe en un proceso histórico más amplio: la modernidad. “La modernidad se basó en separar, en fragmentar todo, entre otras cosas, al ser humano y a la naturaleza”, explicó.

    Detalló que esta fragmentación dio paso a una lógica individualista, donde cada cosa es valorada en función de su utilidad para el sujeto. “Cuando los demás dejan de importar —cuando solo importo yo, o exclusivamente quienes me rodean—, comienzo a percibir todo lo demás como un instrumento para mi supuesta felicidad. Entonces, vamos fragmentando todas las cosas y considerando cada cosa en función de lo que me sirve a mí. Si no me sirve a mí, no tiene sentido. Por eso, esa visión del servicio ecosistémico”, sintetizó.

    Desafíos ecológicos

    Sobre el territorio, Pedro Borges, investigador del Centro de Estudios de la Crisis Ambiental Global del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), señaló que, desde la lógica capitalista, este también es reducido a un recurso funcional.

    “Estoy aquí porque me conviene, pero si no, me voy a otro lado”. Lamentó esta visión arraigada en parte de la juventud, que desconoce el valor afectivo e histórico del lugar de origen. “El lugar donde tú naces es importante”, subrayó.

    Indicó que, desde el horizonte comunal, el territorio no solo provee sustento, sino que permite articular vínculos con quienes comparten la misma matriz de vida. Esta dimensión es clave para enfrentar los desafíos ecológicos, que —según Borges— no tienen solución desde lo individual. “Esa es otra trampa del neoliberalismo y del capitalismo. El problema se resuelve en comunidad (y con la comunidad), o no se resuelve”, aseveró.

    No toda herramienta tecnológica es válida

    El investigador Pedro Borges reconoció que la tecnología tiene un rol en la comunicación y en la vida cotidiana, pero advierte sobre el riesgo de convertirla en una falsa solución, especialmente si parte de la lógica moderna/colonial. “Yo no estoy en contra de la tecnología. Lo que estoy en contra es pensar que la tecnología va a ser así como el gran dios que va a permitir que hagamos siempre lo mismo, pero sin dañar el ambiente”, argumentó.

    Frente a la crisis ambiental global, el ecólogo cuestionó las respuestas que se limitan a sustituir dispositivos sin transformar las lógicas de vida. “Eso es una gran trampa. Por ejemplo, el uso de los automóviles. Sabemos que los combustibles fósiles son fuente de gases de efecto invernadero que calientan la atmósfera. ¿La solución son los carros eléctricos? No, la solución es reorganizarnos de forma tal que, utilizando lo que podemos utilizar sin dañar el ambiente, podamos satisfacer nuestras necesidades de transporte. Pero eso implica una transformación de la forma en cómo hacemos las cosas”, sostuvo.

    Advirtió que no toda herramienta tecnológica es válida ni todo producto tiene sentido, especialmente cuando se originan desde una civilización de muerte como la modernidad. “¿Para qué estamos usando las herramientas que tenemos?”, se preguntó, al cuestionar el uso de transgénicos como una solución a la crisis alimentaria.

    “Ese tipo de modificaciones conlleva numerosos problemas. Al alterar genéticamente una especie, se genera prácticamente una nueva, que se introduce en un ecosistema donde nunca antes ha existido. No se sabe con certeza qué consecuencias puede tener. De hecho, una de las principales causas de pérdida de biodiversidad es la introducción de especies exóticas. Sin embargo, se intenta convencer a la población de que el verdadero problema es la necesidad de producir alimentos para una población en constante crecimiento”, resaltó.

    No obstante, el biólogo desmontó ese argumento con datos contundentes: “El mundo ya produce mucho más alimento del que necesita. Un tercio de toda la comida que se produce en el mundo se bota. Se bota porque, de repente, por ejemplo, una cadena de hamburguesas cocinó cuatro piezas de carne y llegó solo un cliente, y las otras cuatro piezas las botó. O porque botas un cambur, porque tiene tres manchitas negras y no te gustó. Y te digo que, en el mundo, más o menos un quinto, un sexto de la población pasa hambre. Si usted hace un pequeño ejercicio matemático, un tercio es mucho más grande que un quinto”.

    En tal sentido, el científico aseguró que “tenemos un problema que no vamos a resolver con tecnología. Lo que tenemos es que distribuir mejor el alimento”.

    Reconectar con la vida

    Pedro Borges, ecólogo venezolano, sostuvo que uno de los pasos fundamentales para enfrentar la crisis ambiental global es reconectarse con el territorio, pero no con el cemento que pisamos, sino con el ecosistema del que formamos parte. “El sistema ecológico es como una red, incluso podría decir como una familia, para expresarlo más románticamente”, afirmó.

    El caraqueño dijo que la causa principal de la crisis ambiental global es la sobrecarga que el sistema moderno impone al sistema ecológico, contaminando aguas, suelos y alterando los ciclos naturales.

    Para ilustrar el daño ambiental, Borges recurrió a una metáfora: “Contaminar las aguas es como orinar el plato de sopa que tú vas a beber después”.

    Entre los elementos más afectados, menciona los ciclos del nitrógeno y el fósforo, nutrientes esenciales para las plantas y para los seres humanos. “Si esos ciclos se distorsionan, la vida no se hace posible”, alertó.

    “La vida es como un gran proceso que fluye de unos elementos a otros y que nos permite a todos estar vivos”, expresó, al describir la interdependencia entre plantas, insectos, nutrientes y energía solar. Reiteró que la ruptura de estos vínculos —por contaminación, sobreexplotación o monocultivo— amenaza la continuidad de la vida en el planeta.

    Subrayó que, aunque todos los seres humanos contribuyen de algún modo con la crisis ambiental, las responsabilidades son diferenciadas. Un ejemplo clave es la agricultura. Mientras la agricultura indígena establece una “relación amorosa con la naturaleza”, basada en diversidad, recuperación del bosque y respeto por la madre tierra, la agricultura industrial impone una “relación de violación”: monocultivos extensivos, uso intensivo de fertilizantes y plaguicidas, y destrucción del suelo. “Al final terminamos con un pedazo de suelo muerto que no permite la vida ni la producción de alimentos”, advirtió.

    Frente a esta lógica de muerte, el investigador propuso aprender de la agroecología y de los principios indígenas. “Podemos tomar ciertos elementos, pero aquí necesitamos construir una propuesta que sea verdaderamente nuestra, arraigada en el territorio y sustentada en esos principios”, declaró.

    Para Pedro Borges, todo diseño territorial —desde el uso del agua hasta la generación de energía— debe partir de preguntas fundamentales: ¿de dónde viene?, ¿hacia dónde va?, ¿qué ocurre durante su uso?, ¿de dónde va a venir esa energía? ¿Cómo se está produciendo esa energía?

    El conuco como saber ecosistémico

    Pedro Borges, investigador del Centro de Estudios de la Crisis Ambiental Global, acentúo que recuperar los valores éticos de la cosmovisión indígena exige primero conocerla desde otras perspectivas, libres de prejuicios. Un ejemplo es el conuco.

    Explicó que el conuco indígena opera en ciclos largos y articulados. Se abre uno nuevo cada año, pero siempre hay conucos de distintas edades, lo que permite una rotación planificada de semillas y especies.

    El científico resaltó que uno de los aspectos más complejos en el conuco es el manejo del fuego. Borges relató que las quemas no son desorganizadas, sino parte de un proceso que permite reincorporar nutrientes al suelo mediante las cenizas.

    Para Borges, el conuco es prueba de una cultura con saberes milenarios que han sostenido la vida sin destruir la madre tierra. “No tienen artículos publicados en revistas científicas en inglés, pero hay un conocimiento profundo que está más que demostrado, porque tiene miles de años de existencia. En cambio, la civilización moderna, con todos sus conocimientos, tiene cientos de años y ya está acabando con el planeta”, recalcó.

    Ecología de saberes

    El investigador venezolano Pedro Borges indicó que uno de los desafíos centrales en el abordaje de la crisis ecológica es la imposición de la ciencia moderna como único sistema válido de conocimiento.

    Aunque admitió su utilidad para responder ciertas preguntas, declaró que no todos los problemas se resuelven desde la misma perspectiva. “Hay diferentes preguntas que se responden de diferentes maneras, y hay diferentes formas de enfocar los diferentes problemas”, apuntó.

    Aseveró que la visión dominante tiende a “validar” otros saberes solo si se ajustan a sus propios criterios, lo que perpetúa una jerarquía epistémica. “Si contamos con varios sistemas de saber, ¿por qué privilegiar uno por encima del otro? Lo que se busca es un verdadero diálogo de saberes —o, como prefiero llamarlo, una ecología de saberes—, semejante a un ecosistema donde todo se vincula y se transforma”, comentó.

    El ecólogo afirmó que un diálogo honesto entre saberes es imposible si las estructuras que conforman el saber científico son racistas. “Si son racistas es imposible, por supuesto”, dijo.

    Manifestó que el diálogo entre un científico occidental y un sabio yanomami, por ejemplo, no es sencillo, porque implica formas distintas de pensar, sentir y conocer.

    “Lo importante es que exista voluntad y respeto. Solo entonces podemos emprender un camino que, aunque no es fácil, resulta fructífero: puede ayudarnos a resolver los problemas reales que enfrentamos. Porque la ciencia moderna —a pesar de sus avances y logros— ha contribuido a la destrucción del planeta en apenas unos pocos siglos. Obviamente, hay mucho que aprender de otras formas de conocimiento, pero ese aprendizaje solo puede comenzar desde el respeto”, reflexionó Pedro Borges.

    Imaginarios del progreso y la soberanía alimentaria

    El científico caraqueño Pedro Borges denunció que uno de los obstáculos para recuperar los sistemas alimentarios autóctonos es el imaginario dominante del progreso, asociado a los modelos de consumo globalizados.

    “Es uno de esos imaginarios engañosos, yo diría que venenosos, porque el ‘progreso’ está en lo que vemos por televisión. Yo veo la última serie gringa y quiero lo que ahí se muestra, o sea, ahí está el progreso. Entonces, ‘sí, yo puedo comer arepa de yuca, pero eso es porque estoy en una crisis. Cuando yo pueda volver a comprar mi hamburguesa, me como mi hamburguesa’. Y esa es la forma en que nos tienen atrapados. Y fíjate que hay mucha falsedad en eso”, deliberó.

    Frente a esa visión, el ecólogo reivindicó los tubérculos como el ñame y la yuca, cultivados históricamente en Venezuela, y denunció su desprecio sistemático por parte del sistema capitalista.

    Criticó que el sistema agroindustrial privilegia la homogeneidad y la rentabilidad: una papa de tamaño estándar, cultivada masivamente con pesticidas, procesada en máquinas y convertida en papas fritas con exceso de sal.

    “Un conuco no es muy rentable desde el punto de vista de ganar dinero, pero nos puede mantener perfectamente felices y bien alimentados, y enfatizo lo de felices porque, además, el conuco indígena no es solo una forma de producción de alimentos, es un espacio de vida”, reafirmó.

    La Comuna como respuesta ecosistémica

    Pedro Borges sostuvo que la principal relevancia de la Comuna frente a la crisis ambiental global radica en su capacidad de generar comunidad vida. “Estoy en un territorio con un grupo de personas con el que comparto la vida. Hay necesidades y todos queremos que las necesidades colectivas sean satisfechas, no solo las mías”, apuntó.

    Concluyó que “la respuesta al problema ambiental comienza por generar comunidad: una comunidad en la que exista conexión con el territorio y preocupación por los otros seres humanos que allí habitan. Entonces, ¿qué es lo principal? Planificar en comunidad y orientarnos hacia la sustentabilidad, o sea, hacia formas de vida que no distorsionen, perturben ni destruyan los sistemas que permiten la vida”.